Era de noche y no quería marcharme. Sabía que si lo hacía nunca más podría volver, y si pudiera no sería el hombre que se iba el mismo que volvería.
Pedí un beso, el precio de mi olvido era un beso. Accedió. Y allí le entregué mi alma de nuevo, en cada gota de saliva, en esos dedos que acariciaron su espalda. Mis labios se fundieron con los suyos intentando hacerlo eterno. No podía ser.
Me pidió que me fuera y yo acepté. Me giré en la oscuridad y no miré atrás para no chocar con esos ojos que preguntaron el porqué no luché por ella. No tuve cojones para hacerla feliz y no quería que no lo fuera. Otro lo hará por mí. ¿Quién vendrá en mi lugar?¿Quién sentirá esa libertad de ser preso de sus deseos? Se perderá en el laberinto de su piel del que no quería encontrar la salida y escuchará el eco de los suspiros que liberé en los rincones de su cuerpo. Espero que nadie la haga llorar. No lo merece.
Su sonrisa hará que me despierte para luchar contra el mundo cada mañana aunque no esté a mi lado en la cama. Aprovecharé sus enseñanzas y viviré a su manera, pues ya no conozco otra forma de hacerlo. Y su olor. Siempre ese olor. El olor que huelo cuando la felicidad es mi compañera de viaje.
Mordí mis labios y saboreé de nuevo el sabor de su gloria. En ningunos encontraré el mismo sabor, eso seguro.
Nunca sentirá lo mismo que sintió por mí. Nunca me volverá a querer como lo hizo. Para mi será éste el máximo castigo, el añorarla en la distancia y saber que no volverán los tiempos felices que le regalé envueltos en sonrisas. Los tristes me los llevo para enterrarlos debajo de mi miseria.
Atrás quedará la ilusión, el tiempo empleado en crear nuestro mundo y como lo decoramos con las vivencias compartidas.
Y allí estaba, alejándome de mi vida y entrando en el ataúd que era el ascensor. Pude girarme y pedir perdón por ser culpable. Reconocer que acabé con los sueños, los anhelos, y que no la merecía. No me odies. No me olvides. Te quiero y no dejaré de hacerlo. Estaré siempre orgulloso de ti, como el primer día, diga lo que diga la gente.
Sólo un adiós salió de mí.
Pulsé el botón y descendí a los infiernos
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