Desde lo alto de la colina cercana observaba. Recortadas sobre el horizonte las cruces proyectaban largas sombras. Tres cruces en las que colgaban el mismo número de personas, pero para él sólo una era importante. Se apartó el pelo de la cara y jugueteó un rato con su larga melena negro humo.
-Mírate pobre muchacho. ¿Dónde te ha llevado tu fidelidad?
Descendió al lúgubre paisaje. Paseó entre la muchedumbre como un fantasma. Nadie podía verlo, lo había preferido así y tenía poder para hacerlo. Olió el odio, la agonía y la esperanza que emanaba del gentío de curiosos saboreando cada uno de sus delicados matices. Llegó al fin al pie de la cruz central y contempló al hombre.
-Era tu destino.
El hombre de la cruz asintió casi por obligación. Él sí podía verlo, tenía ese privilegio.
De nuevo se encontraban, en una situación muy diferente de la primera vez. Sobre la cruz, Jesús, hijo de Yahveh, rey de los judíos, el mesías salvador; y a los pies de la cruz el caído, el ángel negro, Satán.
Fue en el desierto donde se conocieron.
-Alabado seas Jesús-dijo al verlo.
-¿Satán se digna él mismo a venir a verme?
-Deseaba ver a quien me reta.
Jesús tenía la cara curtida por el sol del desierto y mostraba un evidente cansancio
-Se avecina un gran dolor y no estás ni preocupado ni asustado sino alegre. No entiendo tu actitud.
-Es la voluntad de mi padre y la acepto.
-Adórame y mi voluntad será darte riquezas y poder. El mundo será tuyo.
-Sólo adorarás a Dios padre.
-Te cambio la amargura por el placer.
-No lo quiero si no viene de Dios.
-Pues sea el dolor entonces tu fin.
Desde entonces lo admiró. Apreció esa fidelidad. Siguió con especial atención toda su actividad pública, alegrándose cuando fue querido por muchos, aunque significase un paso atrás en su guerra, y derramó lágrimas cuando en el Huerto de los Olivos vio que era en verdad un hombre aún siendo hijo de Dios. Y la Tierra, tal vez el Universo entero, se hubiera sacudido de no controlar su ira al ver el suplicio que tuvo que soportar y como sus amigos lo traicionaban y negaban de él. Había, por extraño que parezca, tomado como amigo a su enemigo.
Jesús agonizaba. Satán se elevó en el aire y sus ojos, la tristeza y la resignación se encontraron.
-Pude dártelo todo y no lo quisiste.
-No me correspondía.
-Dime, ¿dónde está tu padre ahora?
La duda y el miedo cruzó su mente un instante.
-¡Padre, por qué me has abandonado!
Dejó caer la cabeza a un lado y su alma escapó del cuerpo. Satán apretó los puños y el templo cercano se partió en dos.
-Realmente era el hijo de Dios-murmuró alguien.
Le besó la frente y descendió posándose nuevamente en el suelo.
-Maldito seas Yahveh. Has entregado a tu hijo por una guerra. Luchemos sin piedad entonces hasta la última consecuencia.
Se marchó con la cabeza gacha.
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