Una vez un hombre se dio cuenta que había perdido el alma. No recordaba donde pero sabía que no estaba.
Al no tener alma no se preocupaba, pero era suya, y esperaba hallarla.
La buscó por todos los lugares donde estuvo a lo largo de su vida, pero allí sólo encontró los recuerdos.
Le preguntó a sus conocidos y familia pero ellos lo único que tenían era amistad y lazos familiares.
Se buscó en los bolsillos pero allí no había nada.
Finalmente se rindió.
Un día llamaron a la puerta de su casa y apareció una mujer. Ella lo miraba con sus grandes y expresivos ojos y el pelo negro rozándole los hombros. En las manos llevaba un cofre pequeño de madera, sin adornos.
-Creo que esto es tuyo.
El hombre cogió el cofre y lo abrió. Dentro estaba su alma, callada.
-¿Dónde la encontraste?
-Tú me la diste.
El hombre cerró el cofre y se lo devolvió a la muchacha.
-Quédatela. Quiere estar contigo. Es feliz.
Cerró la puerta y nunca más se vieron.
Al no tener alma no se preocupaba, pero era suya, y esperaba hallarla.
La buscó por todos los lugares donde estuvo a lo largo de su vida, pero allí sólo encontró los recuerdos.
Le preguntó a sus conocidos y familia pero ellos lo único que tenían era amistad y lazos familiares.
Se buscó en los bolsillos pero allí no había nada.
Finalmente se rindió.
Un día llamaron a la puerta de su casa y apareció una mujer. Ella lo miraba con sus grandes y expresivos ojos y el pelo negro rozándole los hombros. En las manos llevaba un cofre pequeño de madera, sin adornos.
-Creo que esto es tuyo.
El hombre cogió el cofre y lo abrió. Dentro estaba su alma, callada.
-¿Dónde la encontraste?
-Tú me la diste.
El hombre cerró el cofre y se lo devolvió a la muchacha.
-Quédatela. Quiere estar contigo. Es feliz.
Cerró la puerta y nunca más se vieron.
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