De pronto, a lo lejos, aparece un caballo y me sonrie amablemente. Relincha y millones de rosas brotan de su boca.
Tras la florida lluvia miro al suelo y veo miles de cuadros negros y blancos, negros y blancos, negros y blancos...más negros que blancos y más blancos que negros.
La tierra tiembla y un ejercito de gigantescos peones hace aparición, y tras ellos los alfiles, caballos, torres reyes y reinas. Estas últimas visten ligueros rojos y me tientan.
Crezco y ahora soy yo el gigante y veo los viejos jugadores de ajedrez con el olvido en sus ojos y la saliva ácida manchando sus sucias camisas. Se rajan la piel y son humo, no más. Igual que yo, igual que todos.
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