La conocí en un callejón. Sólo tenía quince años, yo casi veinte. Era la novia de un gilipollas que no se la merecía. La dejó a un lado mientras hablaba con sus amigotes y ella se apoyó delicadamente en la pared. Ni me miró, yo no podía dejar de hacerlo. Me juré que sería mía.
Un día hablé con ella y una sonrisa tonta se dibujó en mi rostro. Sabía que existía. Gracias, gracias, gracias.
Cambió de novio, gilipollas por gilipollas, tenía mal gusto para los hombres. Las lenguas blasfemas y malolientes de la gente comenzaron a hablar, a crear historias sobre ella. Nunca las creí. Porque la conocía. Y estoy orgulloso de ello.
Dejé de verla durante un tiempo. El mundo no se detuvo, todo siguió su orden. Conocí la sonrisa perra de la vida y me prometí que no permitiría que se riera de mí con sus dientes amarillos.
Una mañana, al salir de trabajar la vi. Por aquel entonces trabajaba en una nave para la venta de pescado, durante la noche. Iba con sus amigas y habían pasado unos cuatro años. La belleza tenía firmado un contrato en exclusiva con ella.
Avergonzado por el olor de mi ropa, me acerqué y la saludé. Me devolvió el saludo. Hablamos unos gloriosos segundos y osé pedirle el teléfono. Me lo dio, pensé que era falso, no podía querer tener contacto conmigo. Le di el mío. Me marché. Sus amigas preguntaron quien era. “Sólo un amigo”
Al día siguiente me dejó una llamada perdida en el móvil. Me reí de la vida.
Pero la vida me escupió a la cara. La noche de su cumpleaños lloró por otro. Las lágrimas fueron ácido sobre mi alma. No dejaría que me ganara.
Desplacé prioridades y ella fue mi prioridad. Ataque una vez tras otra golpeando a la vida en la cara, que cayó a la lona cuando ella me besó y sentí la victoria cuando por fin me dio su cuerpo bajo las estrellas. Por una jodida vez era feliz.
Cinco maravillosos años. Nada podía hundirme. Me equivoqué.
No me di cuenta de su valor, de lo que ella renunció por mí, de mi egoísmo inconsciente, de mi actitud. La asfixié con mi persona y pisoteé su juventud. Poco a poco su amor hacia mí fue muriendo. La vida se levantó de la lona y con un certero derechazo me mostró la realidad. Había perdido. Comenzó la cuenta atrás.
Salí de nuestra casa. UNO.
Comenzó a rehacer su vida. DOS.
Intenté rehacer la mía. TRES.
No pude. CUATRO.
Busqué apoyos. CINCO.
No los encontré. SEIS.
Me dejó bien claro que se acabó. SIETE.
Le dije que esperaría siempre su regreso, que pasara lo que pasara allí estaría yo. OCHO.
La quiero cada segundo y me falta. NUEVE.
La hice llorar de nuevo sin pensar en que ya era feliz sin mí. DIEZ.
La victoria fue por K. O. Terminó el combate. No veo la salida del túnel.
Aquí me veis. Un muñeco roto en las manos del destino. Una simple medalla colgando del cuello de la triunfante vida. Ojalá me perdone y nunca me olvide.
Un día hablé con ella y una sonrisa tonta se dibujó en mi rostro. Sabía que existía. Gracias, gracias, gracias.
Cambió de novio, gilipollas por gilipollas, tenía mal gusto para los hombres. Las lenguas blasfemas y malolientes de la gente comenzaron a hablar, a crear historias sobre ella. Nunca las creí. Porque la conocía. Y estoy orgulloso de ello.
Dejé de verla durante un tiempo. El mundo no se detuvo, todo siguió su orden. Conocí la sonrisa perra de la vida y me prometí que no permitiría que se riera de mí con sus dientes amarillos.
Una mañana, al salir de trabajar la vi. Por aquel entonces trabajaba en una nave para la venta de pescado, durante la noche. Iba con sus amigas y habían pasado unos cuatro años. La belleza tenía firmado un contrato en exclusiva con ella.
Avergonzado por el olor de mi ropa, me acerqué y la saludé. Me devolvió el saludo. Hablamos unos gloriosos segundos y osé pedirle el teléfono. Me lo dio, pensé que era falso, no podía querer tener contacto conmigo. Le di el mío. Me marché. Sus amigas preguntaron quien era. “Sólo un amigo”
Al día siguiente me dejó una llamada perdida en el móvil. Me reí de la vida.
Pero la vida me escupió a la cara. La noche de su cumpleaños lloró por otro. Las lágrimas fueron ácido sobre mi alma. No dejaría que me ganara.
Desplacé prioridades y ella fue mi prioridad. Ataque una vez tras otra golpeando a la vida en la cara, que cayó a la lona cuando ella me besó y sentí la victoria cuando por fin me dio su cuerpo bajo las estrellas. Por una jodida vez era feliz.
Cinco maravillosos años. Nada podía hundirme. Me equivoqué.
No me di cuenta de su valor, de lo que ella renunció por mí, de mi egoísmo inconsciente, de mi actitud. La asfixié con mi persona y pisoteé su juventud. Poco a poco su amor hacia mí fue muriendo. La vida se levantó de la lona y con un certero derechazo me mostró la realidad. Había perdido. Comenzó la cuenta atrás.
Salí de nuestra casa. UNO.
Comenzó a rehacer su vida. DOS.
Intenté rehacer la mía. TRES.
No pude. CUATRO.
Busqué apoyos. CINCO.
No los encontré. SEIS.
Me dejó bien claro que se acabó. SIETE.
Le dije que esperaría siempre su regreso, que pasara lo que pasara allí estaría yo. OCHO.
La quiero cada segundo y me falta. NUEVE.
La hice llorar de nuevo sin pensar en que ya era feliz sin mí. DIEZ.
La victoria fue por K. O. Terminó el combate. No veo la salida del túnel.
Aquí me veis. Un muñeco roto en las manos del destino. Una simple medalla colgando del cuello de la triunfante vida. Ojalá me perdone y nunca me olvide.
Como se suele decir, si la vida te da la espalda... tócale el culo.
ResponderEliminarHay que ser muy tonto para hacer ciertas cosas, pero muy valiente para reconocer tus errores, que le vamos a hacer, de todo se aprende, hasta de las hostias que te da la vida...
Bonito blog, saludillos de madera...
Muchas gracias.
ResponderEliminarquizas no buscastes los apoyos en el sitio correcto . a la hora de la verdad la familia es la que cuenta, ¿o no lo sabias? un beso
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